lunes, 19 de octubre de 2015

(Re)Nacer

Imagine esta escena si es tan amable. Dos bebés se encuentran en el útero, confinados en las paredes del seno materno, y mantienen una conversación. Para entendernos, a estos gemelos les llamaremos Ego y Espíritu. Espíritu le dice a Ego: —Sé que esto va a resultarte difícil de aceptar, pero yo creo de ver­dad en que hay vida después del nacimiento. Ego responde: —No seas ridículo. Mira a tu alrededor. Esto es lo único que hay. ¿Por qué siempre tienes que estar pensando en que hay algo más apar­te de esta realidad? Acepta tu destino en la vida. Olvídate de todas esas tonterías de vida después del nacimiento. Espíritu calla durante un rato, pero su voz interior no le permite permanecer en silencio durante más tiempo. —Ego, no te enfades, pero tengo algo más que decir. También creo que hay una madre. —¡Una madre! —exclama Ego con una carcajada—. ¿Cómo pue­des ser tan absurdo? Nunca has visto una madre. ¿Por qué no puedes aceptar que esto es lo único que hay? La idea de una madre es descabe­llada. Aquí no hay nadie más que tú y yo. Ésta es tu realidad. Ahora cógete a ese cordón. Vete a tu rincón y deja de ser tan tonto. Créeme, no hay ninguna madre. Espíritu deja, con renuencia, la conversación, pero la inquietud pue­de con él al cabo de poco. —Ego —implora—, por favor, escucha, no rechaces mi idea. De alguna forma, pienso que esas constantes presiones que sentimos los dos, esos movimientos que a veces nos hacen sentir tan incómodos, esa continua recolocación y ese estrechamiento del entorno que parece producirse a medida que crecemos, nos prepara para un lugar de luz deslumbran­te, y lo experimentaremos muy pronto. —Ahora sé que estàs completamente loco —replica Ego—. Lo úni­co que has conocido es la oscuridad. Nunca has visto luz. ¿Cómo puedes llegar a tener semejante idea? Esos movimientos y presiones que sien­tes son tu realidad. Eres un ser individual e independiente. Éste es tu viaje. Oscuridad, presiones y una sensación de estrechamiento a tu alre­dedor constituyen la totalidad de la vida. Tendrás que luchar contra eso mientras vivas. Ahora, aférrate a tu cordón y, por favor, estáte quieto. Espíritu se relaja durante un rato, pero al fin no puede contenerse por más tiempo. —Ego, tengo una sola cosa más que decir, y luego no volveré a mo­lestarte. —Adelante —responde Ego, impaciente. —Creo que todas estas presiones y toda esta incomodidad no sólo van a llevarlos a una nueva luz celestial, sino que cuando eso suceda va­mos a encontrarnos con la madre cara a cara, y conocer un éxtasis que superará todo lo que hemos experimentado hasta ahora. —Estás realmente loco. Ahora sí que estoy convencido.

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