jueves, 6 de marzo de 2014

Tubal, Orígenes de la Civilización Adámica.

"Es hueca y vacía toda obra que deja vacío y hueco a quien la realiza, porque fue hecha tan sólo con la mira del aplauso y la vanidad satisfecha.
Por eso, antes de realizar un acto de relativa importancia, preguntaos a vosotros mismos:
¿Qué fin me induce a realizar esta obra?
Las palabras: mi gusto, mi deseo, mi antojo, deben ser borradas del vocabulario del Kobda, si quiere matar las larvas venenosas que todos llevamos dentro de nosotros mismos..."

"El Kobda que quiere de verdad subir la escala de perfección humana a que fue llamado, no se ha de distraer en obras de ruido exterior, sino en acumular armonías interiores mediante el acuerdo completo entre el pensar, el sentir y el obrar, y la Eterna Ley de Amor y de Justicia."


"El ser dado al cultivo de su espíritu, bajo ningún pretexto debe promover ni intervenir en crónicas o relatos de miserias morales ajenas, por que contamina con las ondas etéreas y las vibraciones emanadas de ellas su propia aura, donde se plasman ideas e imágenes que luego le persiguen como fierecillas hambrientas, en sus horas de concentración espiritual. Todo lo que mancha al espíritu, es necesario olvidarlo, si se han de matar todos los bajos movimientos del ser."


Es un celo y un entusiasmo indiscreto, el que ha llevado a muchos Kobdas al abismo. Y nuestras Crónicas están llenas de ejemplos tristes de hermanos nuestros, que creyéndose fuertes se aventuraron a lanzarse al mundo, los unos a ser mandatarios de pueblos, los otros a servir de Augures cerca de los Jefes o Caudillos que los han solicitado, conociendo sus propias facultades espirituales. Y no les fue bastante escudo de defensa, el buen deseo que les animaba al salir para tales destinos.

En el fondo de ellos mismos, vivía aún como larva aletargada y no muerta, la vanidad, el egoísmo, el amor propio, que dentro de esta sutil y purísima atmósfera de olvido de nosotros mismos y de amor recíproco, no se reavivan ni crecen, ni toman cuerpo y al fin, acaban por morir... pero esas larvas inmundas, puestas al contacto de una atmósfera enfermiza y viciada, enseguida se yerguen amenazadoras y hambrientas, agostan la vida del alma como los bacilos la vida al cuerpo.


¿Qué tengo yo que temer de nada ni de nadie? ¿No veo acaso la protección divina y una ley fuerte y poderosa que nos va conduciendo paso a paso a un determinado camino, sin que nadie pueda impedirlo? ¡La muerte!... ¡La muerte tan temida de los hombres! ¿Acaso es verdad la muerte? ¿No veo yo y siento a los que llamamos muertos, vivir y sentir y amar y compartir conmigo el dolor o la alegría de la vida? Y cuando a mí me llegue la hora de partir, ¿no continuaré lo mismo al lado de los niños, para vigilarles y cuidarles?
¡Cuánta grandeza Dios mío, vine a conocer en esta caverna, abandonada de todos, cuando más hundida me creía en un abismo sin fondo!


"Aquí nos cuidamos poco de las fórmulas mecánicas y sistemáticas, pero mucho de lo interior, y sobre todo y por encima de todo, cultivamos el olvido de nosotros mismos, en forma que cada uno piensa en lo que le agrada a los demás, antes que en su propio contento y agrado."

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